Camino de Carabobo, reliquia arqueológica del Parque Nacional San Esteban

Camino de Carabobo, reliquia arqueológica del Parque Nacional San Esteban

Henri Pittier fue un destacado geógrafo, pintor, naturalista, botánico suizo y, sobre todo, padre de uno de los primeros parques nacionales venezolanos, que lleva su nombre, en la cordillera de la Costa. Incluyó en 1913, en sus extensas herborizaciones, al bosque sureño de montaña de Puerto Cabello, cuando realizó, desde los Estados Unidos, su primer viaje a Venezuela.

Hoy día, esta zona de la cordillera de la Costa se conoce como el Parque Nacional San Esteban (PNSE), que es, prácticamente, una extensión hacia el oeste del colindante, famoso y prestigioso Parque Nacional Henri Pittier (PNHP). Sus bosques siempre verdes, montañosos y nublados, sus quebradas y ríos de aguas frías y cristalinas, sus araguatos, báquiros, dantas, cunaguaros, leones de montaña o pumas, sus emblemáticos pájaros campaneros y los paujís copete de piedra, son solo una parte de la rica biodiversidad que hace vida en este parque.

Ubicación del Parque Nacional San Esteban. Se indica el Camino de los Españoles, en verde oscuro, con el recorrido actual desde San Esteban hasta Bárbula.

 

Selvas y ríos de aguas frías y cristalinas, típico ambiente serrano del Parque Nacional San Esteban.

 

Se lee en el diario de Ferdinand Bellermann el alboroto que causó, en los alrededores del pueblo de San Esteban, la aparición de una puma acompañada por su cría. El animal robó gallinas y, además, asustó a la gente que dormía en una construcción del lugar.

 

El valle de San Esteban en todo su esplendor de un amanecer. Se observa al fondo el Burro sin Cabeza y a su izquierda la cumbre del Hilaria, trayectoria del camino real.

 

El pájaro Campanero o Campanero Herrero es un ave pequeña, sumamente arisca, de esta cordillera. El nombre de la hacienda Campanero se le debe a ella. Se potente canto asemeja a una campana o, como decían los naturalistas, al golpe del martillo sobre el yunque durante los trabajos de un herrero, así lo relatan Goering y Appun al hablar de sus visitas a esta hacienda.

 

Se encuentran variedades de zonas arqueológicas con rocas y lajas adornadas con grabados rupestres de los aborígenes que habitaron las costas, los valles en las montañas y la cuenca del Lago de Valencia.

El arco ojival del puente Paso Hondo sobre el río San Esteban, invita como una gran puerta a visitar en la montaña la reliquia del Camino de Carabobo.

 

Ruinas de la casa de Ermen. Se observa lo que queda del muro perimetral ancestral del fabuloso inmueble y la vista que debe haber tenido Appun durante su estadía. Se cita textualmente lo escrito por este naturalista: «…poco antes de la salida del sol, dirigí la mirada al aire libre, lo que primero divisé fue la colosal sierra de montañas que se erguía al fondo. ¡La fauna despierta! Del espeso matorral detrás de la casa suenan los sonidos altos y extraños de las guacharacas, bandadas de verdes loros vuelan chillando desde sus nidos, el aullido semejante al sonido de un tambor con que anuncia la lluvia una banda de rojos araguatos, o el graznido del paují de copete….»

 

Del puesto de guardaparques, al cruzar el río San Esteban, se llega a la trocha que conduce hacia Bucaral y a la otrora hacienda Campanero. Era un camino carretero para uso exclusivo de las haciendas, hoy día es una simple y angosta trocha. A medio camino se encuentran los restos de la vieja casa de hacienda que tanto impresionó a los naturalistas. Actualmente, está en ruinas y lo único que queda son los restos de sus cimientos de piedra y trozos de tejas y ladrillos.

 

Así como el PNHP es conocido por su inmensa diversidad de especies, sobre todo de aves, también el PNSE tiene su fama. Este último es reconocido por el camino real serrano que lo atraviesa de norte a sur, todavía en gran parte empedrado. Es un espacio lleno de encanto y misterio, con un puente de piedra y ladrillos, muros de contención, de chubascos, neblinas y enmarañados árboles.

La historia de un camino

En tiempos coloniales era el Camino Español y después Camino Viejo, registrado en los documentos de construcción como «Camino de Carabobo». Partía de Puerto Cabello y San Esteban, remontaba a través de las montañas, penetraba los bosques y cruzaba el único puente de piedra todavía en pie, Paso Hondo. También atravesaba por oscuros farallones hasta llegar, en lo más alto, a la maravillosa cumbre del San Hilario, según indican los reportes.

La angosta carretera que lleva hoy día de Puerto Cabello al pueblo de San Esteban está registrada como Calle Real. Se observa claramente el ancho de la calzada original de 3 m. Las viejas casas hablan de las florecientes épocas que vivió este pueblo cuando el camino era la vía principal del antiguo puerto colonial hacia los valles del Cabriales. Al fondo se aprecian las faldas y farallones del pico Hilaria, conocido coloquialmente como Burro sin Cabeza.

 

Se observa a un lado del camino villa Friedenau. En 1848 era la casa Baasch y luego en 1885 la casa Brandt. Ante el anuncio en Europa de las bondades que ofrecía Venezuela, llegaron también en estos tiempos los primeros europeos a Puerto Cabello. Se instalaron algunos de ellos en el fresco valle de San Esteban.

 

Desde la altura se admiraba el impresionante paisaje del valle de Valencia con el lago al fondo. Luego, el camino bajaba por el cerro de sabana, por la fila de Bárbula, hasta el pie de monte, en donde hoy día muere. Sin embargo, en la antigüedad pasaba por la hacienda Bárbula, seguía hacia Naguanagua y proseguía hacia el sur, como camino de tierra entre haciendas, cañaverales y quebradas, para llegar a Valencia.

Los petroglifos eran los eternos centinelas de la trocha ancestral. Los aborígenes precolombinos los utilizaban para cruzar la cordillera hacia el Lago de Valencia y desde este para entrar al valle de San Esteban y a sus costas. En 1761, aprovechando el antiguo recorrido del camino indígena, se inicia la construcción, desde Puerto Cabello a Valencia, del Camino de Carabobo, conocido para mediados del siglo XIX como Camino Viejo y hoy día como Camino de los Españoles.

 

La inmensa piedra de los Indios con sus petroglifos ubicada en el valle de San Esteban. Es la eterna centinela que se encuentra a un lado del camino real, documentada y eternizada desde 1920 por el reportero gráfico barinés Henrique Avril.

 

Lo único que se pudo conservar del Camino de Carabobo en el valle del río Cabriales, es un muy corto tramo en los terrenos del, hoy día, Jardín Botánico de Naguanagua. Este tramo pasa por un lado del centenario samán, orgullo del parque y de los valencianos. Además, es testigo mudo del transitar de los españoles, soldados realistas y patriotas, próceres, transeúntes, comerciantes y naturalistas europeos de antaño que cubrían la ruta hacia Puerto Cabello o hacia Valencia.

Puesto de guardaparques Campanero. Ahora es la puerta de entrada y el comienzo de la travesía actual del Camino de los Españoles.

 

Rancho las Quíguas, último vestigio de la hacienda Campanero, rodeado de árboles de cacao y café, con su viejo patio de secado.

 

La finalidad de nuestro trabajo de publicar este libro bilingüe, pues también está escrito en inglés, (Boede Wantzelius, E.O. & J.E., Hugo Baasch (2008). Camino de Carabobo. Oscar Todtmann Editores, Caracas, Venezuela: 110 Pp.) fue, precisamente, recorrer el camino, así como investigar, registrar y documentar lo que realmente queda de él y encontrar vestigios de los sitios de interés que todavía permanecen en el tiempo, como gran parte del trazado de la calzada, restos de los puentes, de pulperías y posadas, objetos diversos de la época, el adoquinado, muros de contención y canales de desagüe.

La única pulpería colonial que queda en pie en la trayectoria del camino. Se encuentra en la entrada al pueblo de San Esteban.

 

Foto original tomada por F. Lesmann, en Caracas, el 25 de septiembre de 1872, del pintor y ornitólogo alemán Anton Goering. Este último fue huésped en 1869 de la familia Blohm en Puerto Cabello y en San Esteban de la familia Römer. Importante personaje en la narrativa que nos interesa en este trabajo.

 

Los autores frecuentaban y conocían con anterioridad estas montañas y al camino, los recorridos se llevaron a cabo expresamente en el transcurso de los años 2003-2006. Fueron diferentes salidas y trabajos de campo, basados en las referencias de la literatura de datos históricos, relatos y pinturas de los naturalistas de antaño que recorrieron, permanecieron y describieron al camino.

Un ejemplo de ello es el pintor y botánico alemán Karl Ferdinand Appun, quien vivió por cinco años a mediados del siglo XIX en la Cumbre, en la Soledad y en los Canales donde tenía una choza montada como campamento base.

Acuarela de mediados del siglo XX con el fondo de la mole del Burro sin Cabeza y de la segunda casa Römer y otrora casa Glöckler. La vivienda es famosa por ser dibujada en 1842 por Ferdinand Bellermann como capilla en San Esteban y la casa Glöckler.

 

Otra de las viejas casas alemanas, la casa Ermen, en la cual se hospedó Karl Ferdinand Appun. Se puede concluir por sus escritos en los comienzos de su estadía en estas montañas a mediados del siglo XIX.

 

La actual segunda casa Römer y la antigua casa Glöckler en 1842 cuando Ferdinand Bellermann la pintó como capilla de San Esteban. Hay que enfatizar que él atribuía mucha importancia a la reproducción de rasgos característicos de la vegetación y de los paisajes, esta pintura fue un ejemplo de ello. Detrás de la casa se observa una arboleda de casual disposición pintoresca, representativa de la flora regional. Consiste, según lo indicado por el botánico Hermann Karsten, de: cocotero, mamey, aguacate y granado, mientras que la vegetación caracteriza la zona climática y el sitio geográfico es determinado al fondo por el Burro sin Cabeza (faldas y farallones del pico Hilaria).

 

Los trabajos en la montaña no siempre fueron del todo fáciles, para lograr las metas fijadas tuvieron que lidiar con la inseguridad reinante, sobre todo cerca de los sitios poblados de San Esteban y el barrio Los Mangos en Bárbula. Como anécdota referente al caso, no fueron los únicos que pasaron por esta amarga experiencia, ya que el pintor y naturalista alemán Ferdinand Bellermann, en enero de 1844, durante su excursión por estos lares, también fue asaltado por unos bandidos. En vez de dinero los delincuentes encontraron en su bolso solo lápices y una goma de borrar.

Un ícono de nuestra tierra

El Camino de Carabobo, conocido coloquialmente en el estado como Camino de los Españoles, representa uno de los íconos y atractivos principales de este parque nacional. Todo el comercio iba y pasaba por él, las recuas de mulas, cada una cargada con dos arcones con plata u oro, de Popayán, Colombia, venían en carruajes de bueyes y luego se hacía el trasbordo a las mulas en pie de cerro, para ser embarcado en Puerto Cabello y ser llevado a España. Los ganados y bestias de trabajo que venían del Llano también recorrían este camino para ser embarcados en el puerto y ser exportados a las islas.

Vestigio de las épocas hasta comienzos del siglo XX, cuando se utilizaban carretas para transportar mercancía en el camino San Esteban-Puerto Cabello.

 

Al finalizar la batalla de Carabobo, el 24 de junio de 1821, los españoles derrotados tuvieron que replegarse y cruzar apresuradamente el camino con sus heridos a cuestas para refugiarse en Puerto Cabello. También cuando Bolívar y Páez planearon la toma del último bastión español, el asalto a Puerto Cabello, el 7 de noviembre de 1823, Páez atravesó el camino real con 400 hombres y 100 lanceros del batallón Anzoátegui. Puso así, fin a la cruenta guerra independentista.

Habrá que pensar en una alternativa, y pronto, para consolidar este paisaje emblemático como patrimonio histórico, arquitectónico y arqueológico. Además de sus manantiales y ríos, su flora y fauna, es imperativa su preservación para la ciencia, el conocimiento y el disfrute de las presentes y futuras generaciones.

Selección fotográfica

En el rancho las Quíguas. Se observa al segundo autor a la izquierda con el amigo José Luís Ramos, encargado de la producción artesanal del fundo. Ambos sotienen un engranaje de hierro perteneciente a la maquinaria del antiguo molino de agua, con el cual se despulpaba el café en la época dorada de esta gran y referencial hacienda Campanero.

 

Herida en su ala izquierda por un pájaro, cayó al río San Esteban este bello ejemplar de Morpho.

 

Las arañas de río siempre en alerta ante cualquier insecto o mariposa que caiga al agua o que se atreva a caminar en las piedras.

 

El camarón de río se mantiene alerta de cualquier pieza o presa que le caiga.

 

El Camino de los Españoles sigue desde Campanero, sin muchas subidas, con el río San Esteban siempre a su derecha, como una simple trocha, pero si se observa con detalle va por el medio de la antigua calzada de 2,50 m, erosionada con el tiempo por las pequeñas barrancas en ambos lados.

 

Empedrado del camino con pequeños adoquines en la pequeña elevación en Cumbre Chiquita.

 

Terraplén con muro de contención de uno de los seis puentes que pasaba las pequeñas quebradas. Originalmente, se colocaban por encima unos troncos haciendo el papel de vigas, cubiertos con tierra, barro y materia vegetal apisonada.

 

Uno de los tantos muros de contención del camino, este con 2 m de alto por 8 m de largo.

 

El único cruce sobre el río San Esteban, el puente Paso Hondo, fotografiado por su lado norte.

 

Croquis del puente. El arco ojival tiene 15 m de altura hasta el río con agua llana y 6 m de ancho, de lado a lado se reflejan los muros de contención de piedra para aguantar los terraplenes, con 6 m de calzada.

 

En 1980, para protegerlo de daños colaterales, se había limpiado el puente de gran parte de la vegetación que lo cubría. La foto fue tomada por su lado sur. Siempre fue recomendable, y era una regla no escrita, que el que lo visitara hiciera un esfuerzo para tumbar y retirar, sobre todo, los árboles que crecieran sobre él. De esta manera, se evitaría que las raíces dañasen la estructura, como está ocurriendo hoy día. Sigue siendo una necesidad la limpieza preventiva para liberarlo de la vegetación arbustiva, sobre todo su arco ojival.

 

Esta foto fue tomada desde el muro de contención sobre el puente desde el lado este. Se ve muy bien como la punta de la ojiva sobresale 2,5 m sobre el relleno del terraplén. El puente nunca fue finalizado, le faltaron esos metros de relleno como bien demuestra la foto, y, por tal motivo, el camino real nunca pudo ser carretero en su totalidad, tal como lo diseñaron los ingenieros de la época originalmente. El paso de las bestias de carga y los ganados, que debían pasar regularmente el camino, cruzaban aquí a unos 100 m más arriba por un provisional puente de madera. Al fondo, a la izquierda, se puede observar la subida del camino adentrándose a la montaña en dirección a la Soledad, sitio de gran belleza identificado por Appun en sus escritos. De aquí en adelante el camino real abandona el río para seguir en dirección sur por la fila del cerro Carabobo hacia la cumbre del Hilaria, con fuertes subidas erosionadas y desbarrancadas.

 

Fragmentos y objetos desenterrados en un sitio en donde se encontraba una de las antiguas pulperías del camino descritas por Appun y Goering. Nótese las dos balas de plomo, en el centro, una medalla y un botón con una corona forjada. El resto, la boca y el cuello de una botella, posiblemente de vino, vajilla, cuchillos partidos, un gancho, una llave y una gran bisagra de puerta, demuestran que fue un sitio habitado en el pasado. También se encontraron diferentes tipos de bayonetas de la época, en el camino y en sitios de las antiguas pulperías.

 

La foto muestra muy bien el ancho de la calzada de 3 m, una vez retirado del camino real la vegetación y la capa de tierra que lo cubría. Se puede apreciar, inclusive, el empedrado con grandes piedras en las subidas pronunciadas y, hacia el lado del barranco, los muros de contención con piedras. Al fondo de la foto observamos una palma araque parada sobre sus raíces como zancos, crecen a altitudes de 900 msnm. También se puede ver la angosta trocha actual, como era esta parte antes de haber sido limpiada.

 

El camino real bajando el cerro de sabana por la fila de Bárbula. Apreciamos su calzada de 2,50 m, tomando como referencia a nuestro gran amigo colaborador y guardaparques de Inparques Luis Mendoza, quien nos acompañó en varios de nuestros recorridos de reconocimiento.

 

Condición actual del camino, una angosta trocha sobre la calzada con 2,50 m. Llega a la Cumbre del Hilaria a 1.380 msnm.

 

El Tigre, como se le denomina coloquialmente al Jaguar, era un depredador muy temido y frecuente en estas latitudes. Appun narra que en su choza, cercana al camino, sentía el pasar y oía muy a menudo el rugido del Jaguar. En las noches siempre tenía una fogata prendida en la puerta de la choza para ahuyentarlos. En la cercanía de la pulpería de la Cumbre, cuenta también, cazaron dos grandes ejemplares, y al lado de la casa el Tigre mató a un burro y a una fuerte mula. Velaron al animal varias noches para cazarlo, pero nunca regresó a su antigua cacería. También narra Goering, en su travesía de San Esteban a Bárbula, que su baqueano vio a uno de estos felinos atravesando el camino delante de él, y Goering, que venía unos 100 m más atrás, pudo confirmarlo por las grandes huellas dejadas por el Tigre.

 

A lomo de burro transportan sus cosechas a Bárbula por un sendero del Camino de Carabobo, tal como lo hacían en el pasado. La carga se lleva de los cafetales y conucos dispersos en los bosques. Se observa la cumbre del Hilaria al fondo.

 

La finalidad del libro siempre ha sido ser estímulo, basamento e información para historiadores, arqueólogos, antropólogos y estudiantes universitarios de ciencias afines. También busca ahondar y seguir con las investigaciones que tanta falta hacen en esta rica región del Camino de los Españoles, en el Parque Nacional San Esteban. Por tal motivo, nos sentimos satisfechos de que el artista plástico e historiador carabobeño Fritz Küper haya copiado del libro y publicado nuestra foto anterior (Foto # 38) como dibujo en plumilla. Lo expuso con un corto párrafo describiendo el camino colonial en la columna dominical titulada «Espacio para la Memoria» del 19 de diciembre de 2010, en el prestigioso diario El Carabobeño. Sin embargo, lo correcto habría sido colocar la cita de la referencia bibliográfica y los créditos de autoría de la respectiva foto copiada por él. Están plasmadas, muy claramente, por Oscar Todtmann Editores, las condiciones para la reproducción parcial de cualquier ítem del libro.

 

Existe la creencia de que Alexander von Humboldt estuvo en San Esteban y pasó por el Camino de los Españoles, pero nunca fue así. Él fue a Puerto Cabello, del 28 de febrero al 1° de marzo de 1800, en la travesía que hizo ida y vuelta por la trocha del río Aguas Calientes, hoy día la carretera vieja de Trincheras a el Palito. Sin embargo, sí encomendó y colaboró con el financiamiento del viaje del naturalista y pintor Ferdinand Bellermann. Su aporte sirvió para que el artista programara en su itinerario el recorrido y la documentación del valle de San Esteban con su camino real en 1842 y 1844. Esta bella y emblemática escultura en bronce de Humboldt en Puerto Cabello, lamentablemente, fue hurtada por chatarreros para su fundición en mayo de 2018.

 

Las gallinitas criollas en una pequeña finca cafetalera al lado del camino, en el cerro de Bárbula. Son típicas de épocas pasadas.

 

Los dos autores en San Esteban conversando con descendientes de alemanes y holandeses que inmigraron a la región a partir de 1847.

 

El libro está agotado, pero se encuentra disponible en versión digital. Los contactos de los autores son <ernestoboede@gmail.com> y <juan.hannes@gmail.com>. Interesados en revisar y consultar el material pueden acudir, en Caracas, a las bibliotecas de la Asociación Cultural Humboldt, la de FUDECI, Palacio de las Academias, en la Unidad de Estudios Arqueológicos del Instituto de Estudios Regionales de la Universidad Simón Bolívar, Sartenejas, y en la de FACYT, Dpto. de Biología. También se pueden hallar ejemplares en la Universidad de Carabobo, campus Bárbula, Naguanagua.

 

Por: Ernesto O. Boede

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